Los personajes de esta historia no me pertenecen. son propiedad de la magnifica Stephenie Meyer autora de la Saga Crepúsculo.
La trama y el desarrollo de los personajes son de mi propiedad.

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sábado, 10 de diciembre de 2011

Su Venganza cap 12



La noche pareció detenerse para ambos, él por su parte acabó por fumarse todos los cigarrillos, sabía que Bella quería algo más, lo había notado en su expresión cuando la dejó en su alcoba, pero él no podía ceder ahora, por más que lo deseara con todo su ser, debía ser fuerte por ella, porque por más que era su esposa, en el fondo seguía siendo una niña, su pequeña se dijo; se odio aún más al recordar los motivos que lo llevaron a casarse con ella.

Si tan solo hubiese sido un poco mas fuerte, habría dejado que la joven siguiera con su vida, pero... no... tuvo que ser el idiota más grande del mundo, y caer con ese estúpido plan de casarse con ella; bueno lo único reconfortan te de todo esto era que de esa manera ella estaría alejada de ese maldito bastardo, que ya nunca más se atrevería a tocarla, a besarla, porque ella era su esposa, suya y de nadie más.

Su cuerpo convulsionó de rabia, ¿Y si ella aún lo deseaba?, ¿Si se arrepentía de su decisión?.

Bueno eso era algo que habían hablado pero, él no estaba listo para dejarla escapar, no todavía ni nunca solo ella podría romper con su acuerdo él jamás la dejaría.

Bufó mientras se incorporaba de la cama, necesitaba un poco de aire fresco.

Salió hacia la terraza y el frío le congelo los pulmones, eso no lo detuvo estaba totalmente excitado pensando en la hermosa muchacha que de seguro dormiría con escasas ropas en la cama. se tendió en una hamaca y se dejó tentar por sus fantasías imagino el cuerpo de Bella, tan suave y sedoso como el satén, la piel blanca y aterciopelada, sus pechos redondos y firmes en sus manos, tenían la medida justa, su cintura tan estrecha tan pequeña rodeando por sus brazos, su boca, ¡¡dios!! amaba esa boca; pero poco a poco caí en un sueño profundo en medio de la obscura y fría noche.

Bella se sentía fatal, trato de calmar sus ansias de mujer, recordó que ese no había sido el trato, solo serían marido y mujer frente a los ojos de los demás, él se lo había dejado bien en claro y ella no hubiera accedido a tal acuerdo de no ser así, pero... que demonios le estaba pasando.

¿Por qué lo deseaba con tantas ganas? ¿sería el hecho de estar solos en la finca lo que habría despertado sus más bajos instintos? no, se dijo así misma, era él Edward. Su esposo.

No podía creer lo ciega que había estado, como es que nunca se había vuelto a mirar a aquel hombre, bueno lo había hecho tres años atrás, pero eso no contaba.

Se revolvió inquieta en la cama, cerro y los ojos y dejo su mente divagar.

Lo vio entrar en su cuarto, con el cabello húmedo por su reciente baño, él se acercó lentamente y sin más me besó, su boca danzaba en la mía,era poderoso, exigente, hundió una mano en mi pelo para profundizar el beso y por fin mis manos reaccionaron, metiéndose en el suyo, era increíblemente suave, pellizcó ligeramente mi pezón con la otra mano por encima del minúsculo camisón de seda, provocando en mí que gimiese y mi espalda se arquease hacia él, buscando más contacto. Abarcó mis pechos con sus manos, apretando ligeramente, sopesándolos. Se separó y me miró a los ojos, no sé qué pudo ver en los míos, pero en los suyos había un brillo triunfal, estaban de un verde oscuro que nunca antes le había visto…

Sus manos acariciaban mi piel bajando por mi torso, mi cintura, mis caderas…él dejaba suaves besos por mi escote, hasta que... un fuerte golpe me saco de mi sueño erótico y note que me encontraba en el suelo.

Maldeci por dentro, era una tonta él jamás se atrevería siquiera a tocarme me lo había dicho, salí furiosa de mi cuarto sin siquiera tomar mi bata para cubrirme.

Legué a la terraza y aspire aire puro, la piel se me erizo al percibír el frío que hacia, me gire sobre los talones y algo llamo mi atención, me acerqué y lo vi. Era Edward estaba profundamente dormido y apenas llevaba puesto el pantalón del pijama; el pecho se me estrujo era tan hermoso y tan frágil se veía como un niño ahí dormido y tenía una hermosa sonrisa en los labios, me acerqué lentamente y toque su rostro, aghh era tan suave y perfecto pero estaba helado, a mi pesar tuve que despertarlo de lo contrario se enfermaría.

- Edward. Edward. Levántate, por favor, vas a enfermarte.

Una suave melodía me llegó a los oídos y me hizo reaccionar. Era ella, estaba a escasos centímetros de mi y parecía una diosa, el cabello suelto le caía como cascada por la espalda, pero lo que me termino por despertar fue el pequeñisimo camisón de seda que llevaba puesto, de color blanco hacia que su piel se viera más frágil, mas hermosa y más tentadora.

Me incorpore de inmediato. Ella tomo mi mano y yo la seguí como un poseso.

- Te has quedado dormido ahí afuera, querido - dije más nerviosa de lo que pensaba

Él me miraba embobado y note que apenas traía el camisón, me sonroje y Edward cambió su mirada.

- Salí a tomar un poco de aire y me quede dormido, siento mucho el haberte molestado, Bella; pero Gracias de no ser por ti hubiese pescado un resfrío.

- Yo también salí a tomar aire - conteste

- Parece que somos dos los que tenemos insomnio ¿no? - preguntó, cada vez más excitado al ver la figura femenina que estaba frente a él.



- Espera, Bella - la detuve.

 ¿Sí? - dejo ella esperanzada.

-  Te acompaño, yo también creo que ya tome suficiente aire - tomo su mano fuertemente y juntos se dirigieron cada uno a su alcoba.

- Que descanses, pequeña.- dijo al fin más frustrado que antes.

- Igualmente, Edward.

Se despidieron sin besos, ni caricias tan solo una mirada bastó para derrumbar los a los dos; pero ninguno se atrevió a decir nada, él salió lentamente abrumado por sus deseos y ella cerro la puerta tras de si aturdida por el fuego de su propia pasión.


La semana paso volando. Al día siguiente se encontrarían con sus padres en la ciudad. Bella vagaba por el bosque arriba de su pura sangre enfrascada en sus propias reflexiones, hoy Edward no la acompañaba.

Hacía varios días, seis seguramente, que estaba casada y que vivía con Edward. Apenas si podía creer lo que había vivido hasta ahora, él era sencillamente magnifico, aunque nunca más la besó luego de la boda y eso la tenía inquieta. Podía ver en sus ojos que Edward la deseaba, ella se había encargado de seducirlo usando la ropa más atrevida que poseía desde faldas cortisimas, calzas extremadamente ajustadas y los más increíble escotes y nada, él solo se quedaba mudo por unos instantes y luego todo volvía a la normalidad, era frustrante, ese hombre parecía incorruptible .

Para ser franca consigo misma había de confesarse que le gustaba Edward, más de lo que hubiese querido. Sus ojos profundos, su boca firme, su cabello castaño dorado era esplendido. No amaba a Edward, al menos ella lo creía así; pero Edward era su marido y...

Bueno, Bella era bastante audaz en sus pensamientos. Y pensaba que jamás supo que era un beso de amor. ¿No era ridículo? Pues lo era, claro que sí. Edward le sonreía estúpidamente, seguía su juego de palabras con un acierto extraordinario, pero jamás se extralimitó, y Bella, que era tan caprichosa e impulsiva, juraba y perjuraba que no estaba enamorada del ingeniero.

Aquella tarde, ya anocheciendo, el pura sangre atravesó el parque y Bella, al llegar a la escalinata, se tiró al suelo y vio a Edward en pie, tan serio como siempre en el medio de la terraza leyendo unos documentos.

Aparentó que no lo veía y subió la escalinata en varios saltos casi acrobáticos. Llevaba la cabeza inclinada hacia el suelo y procuraba no elevar los ojos, un tropezón... Y claro, tal y como lo había calculado tropezó con las pierna de Edward. Este se tambaleó y Bella aparentando un susto que no existía, se colgó de su cuello y se apretó contra él, los papeles salieron disparados por cualquier parte.

- ¡Querido! -suspiró - ¡Qué susto me he llevado!

Lo miró a los ojos. ¡Oh, los ojos centelleantes de Bella! Ella con la mayor naturalidad del mundo, continuó colgada del cuello masculino y su mejilla rozó la de Edward una y otra vez como si aún estuviera asustada.

El hombre, un poco pálido, apenas respiraba. Entrelazó sus dos brazos en el cuerpo de ella. La acarició una y otra vez dulcemente y Bella se mantuvo muy quieta dentro de sus brazos, como si el terror aún la paralizaba.

- Ha sido un susto terrible, querido -

- Ya ha pasado - dijo él aparentemente sereno - Anda se buenita y ayuda a juntar estos documentos. Después iremos al comedor.

Bella se apartó de él con ira contenida y le alcanzó los benditos papeles.

- ¿Qué te pasa?

- Nada, Edward. ¿No nos vamos a marchar nunca de aquí? Te advierto que ya estoy harta de esta soledad...

- Me tienes a mí, querida -

- Ya. Es un gran consuelo.

Hermosísima dentro de sus ropas de montar un tanto atrevidas, pues aprisionaban sus formas con audacia, se perdió tras la puerta de cristal, jurándose a sí misma no volver a representar comedía alguna. Edward era de... hielo, sencillamente.

Se desvistió precipitadamente. Se puso un modelo de tarde de lo más recatado que encontró y bajó de nuevo junto a él. Comieron en silencio. Después, Bella se hundió, como siempre, en el diván, y, Edward se reunió con ella minutos más tarde

-  Nos iremos mañana - dijo Edward con naturalidad - Creo que es hora de reintegrar me a mi trabajo. Ya estuvo bien la luna de miel.

- ¿Luna de miel?

- Al menos eso es lo que creen tus padres.

- ¿Y vas a hacérselo creer cuando estemos juntos? Porque te advierto que sabes disimular muy mal.

Edward se echó a reír, Bella odiaba aquella risa de Edward, breve, burlona, casi ofensiva.

- Voy a hacerles creer que te quiero, ¿por qué no? ¿Acaso crees que no sé?

- Me parece que no.

- Ven aquí, no seas tonta. No te marches aún. Es temprano. Te diré que sé fingir, ¿comprendes? Creo que tú no sabrás tan bien como yo.

La agarró por la cintura y la dobló contra su cuerpo. La pobre Bella quedó aprisionada con los ojos alzados hacia los de Edward, que sonreían humorísticos.


- Suéltame; ahora nadie nos ve, estamos solos.

- Pues por esa misma razón. Si tus padres estuvieran aquí, no me atrevería a tanto, ¿sabés?

Inclinó la cabeza y contempló a Bella, cuyos labios temblaban de aquel modo tan perceptible mientras ella se los mordía inconscientemente. Se miraron durante breves segundos. Después el ingeniero aplastó la boca contra la de Bella y la besó fuertemente con pasión, hasta casí hacerle daño. Ella quedó inerte con los ojos aún clavados en los de él y suspiró hondo.

- ¿Se fingir?

- Demasiado bien. ¿Y crees que yo no sé?

- ¡Qué vas a saber!

Era demasiado. Bella de un salto se puso en pie. Después echo el busto hacia adelante y tomó entre sus dos manos el rostro masculino. Clavó su mirada centelleante en la Edward y susurró:

- Se mejor que tú, Edward. Al menos yo no pienso lastimarte.

Y lo besó en plena boca con ardor, con suavidad al mismo tiempo, dulce y apasionante. El hombre se estremeció y la atrajó hacia sí. Uno en los brazos del otro permanecieron muchos minutos. Besó ella y besó él y al fin, la voz desfallecida suplicó:

- Déjame ya, Edward. Es demasiado.

Edward quedó con los brazos vacíos y los ojos clavados en la puerta tras la cual se perdía el cuerpo maravilloso de aquella niña caprichosa que sabía ser mujer cuando se lo proponía.

A la mañana siguiente, sin recordar en voz alta la terrible escena pasional en el gabinete, ambos se trasladaron a la cuidad.

Pero Bella tenía los ojos muy brillantes. Y Edward no parecía tan serio e indiferente como antes. De vez en cuando agarraba la mano femenina y la llevaba a sus labios. Ella se mantenía quieta. Y dejaba su mano a merced de Edward, siempre que éste lo deseaba.

Cuando el precioso Volvo color plata enfilaba las primeras calles de la ciudad, Edward observó, sin dejar de atender al volante:

- Espero, Bella, que no me humilles con Jacob. Sería terrible para mi y ... para ti que se supiera en las condiciones que nos hemos casado.

Ella contemplo dulcemente el anillo de oro que aprisionaba su dedo y sonrió.

- Me interesa ocultarlo tanto a más que a ti, Edward.

- Bella...


- ¿Qué?

- No quisiera que me guardaras rencor por... por lo de anoche.

A su pesar Bella se estremeció.

- ¿Me has oído, pequeña?

- Los dos hemos sido culpables, Edward. No tenemos nada que echarnos a la cara.

El auto se detuvo, ambos saltaron al suelo. Edward tomó el brazo femenino y susurró, inclinándose hacia ella:


- Quiero decirte, Bella, que anoche me sentí feliz.

- ¿No estabas fingiendo? - rió queriendo ser burlona, pero lo cierto es que estaba emocionada.

- A tu lado no se puede fingir ciertas cosas, querida. Caminemos. Mira a tus padres.

Bella se soltó y corrió hacia aquellos maravillosos papás que... la habían ayudado a encarcelarse para toda la vida.

Pues Bella, la noche anterior comprendió una cosa grandiosa: amaba al severísimo ingeniero que la besó hasta dejarla casi sin respiración


JAJAJAJAJAJA GENIAL UN EXTRAÑO JUEGO ESTÁN LLEVANDO A CABO ESTOS DOS Y PARECE QUE PRONTO CAERÁN, VEREMOS QUE PASA AHORA QUE ESTÁN NUEVAMENTE EN LA REALIDAD.

GRACIAS A TODASSSSSSSS CARIÑOS

1 comentario:

ღ ✰ Aqua Marie Cullen ✰ ღ dijo...

ooohhh definitivamente me encanta esta historia jajajajja no puedo parar de leer...